Reflexiones sobre mis relaciones con la historia del arte.

Mis relaciones con la historia del arte son completamente casuales. No tengo una explicación «organizada» sobre esta cuestión ni sobre muchas otras conexas. Probablemente todo se deba a una manía mental de analizar las cosas, a una mirada analítica, a veces obsesiva. Tampoco creo que se puedan catalogar en secciones, o hacer una gradación, de los infinitos «filtros» que tiene la gente a la hora de aproximarse al arte. Cada persona tendrá sus propios filtros. Poner en la cúspide al especialista licenciado en historia del arte y en la base, pongamos por caso, al labrador del campo, es una distinción académica. Vienen a cuento, precisamente, unas palabras de Gustav Klimt -que hablaba poco y escribía menos- en la inauguración de la Exposición de Arte de Viena (Kunstschau Wien) de 1908: «concebimos el término artista con tanta amplitud como el concepto de obra de arte. Llamamos artistas no sólo a los creadores, sino también a los que se recrean, aquellos que son capaces de comprender sensiblemente lo creado y apreciarlo». En este sentido, independientemente de los filtros que tenga cada uno, todo el mundo puede ser un «artista».

Para ser un buen «artista» es útil el título de doctor. Aquí un «copiar-pegar» de internet: «El título de Doctor está expedido en nombre del Rey por el rector de la universidad donde se haya presentado la tesis doctoral y tendrá efectos académicos plenos, habilitando para el ejercicio profesional, la docencia y la investigación. El título de Doctor es el máximo grado académico que se puede alcanzar en una universidad. El doctorado tiene como finalidad la adquisición de competencias y habilidades avanzadas en el ámbito de la investigación científica de calidad. El doctorado se obtiene después de presentar y defender públicamente la tesis doctoral que consiste en un trabajo original de investigación». También existen, al menos en las democracias liberales, los conceptos de libertad de información y de investigación. Esto va bien para no encapsularse en un determinado ámbito -académico o no- y para fundamentar la tan reclamada interdisciplinariedad que no es sino otra manera de ver la complejidad de la vida humana.

En la historia del arte, por lo que uno ha podido leer, hay autores e investigadores procedentes de campos diversos, no estrictamente ligados a la «historia oficial del arte», si es que tal cosa existe. Y también hay conocimiento fuera de la universidad. Además cualquier persona puede «disfrutar» de una obra de arte o «investigarla» en su forma y contenido. Decía Panofsky que «no puede recriminarse a nadie por disfrutar ingenuamente de las obras de arte, por valorarlas e interpretarlas según sus capacidades, sin otra mayor preocupación». Pero también decía este historiador que a veces un estudioso «externo» podía tener una intuición sintética más acertada respecto de una obra que la de un erudito en historia del arte. Sí, es cierto que uno puede «cargarse la mochila» y «subir a la montaña» si tiene voluntad de hacerlo. Mi mochila se llenaba imperceptiblemente hace tiempo con las conversaciones sobre pintura que tenía con mi hermano Luís Vives Chillida, pintor, grabador y fotógrafo y actualmente profesor de fotografía en una escuela de arte y diseño. El latín, el griego y la mitología me gustaron siempre. Mi mujer, Teresa Fornt Paradell, maestra de oficio, es licenciada en historia del arte. Cuando haces una tesis doctoral, aunque sea sobre algo tan prosaico como derecho, con un buen maestro, la mochila se llena de herramientas en vez de piedras que es lo que, desgraciadamente, sucede a menudo y hay gente -me refiero a la universidad- que se pasa la vida sacando piedras de la mochila, unas iguales a las otras.

Para mí es un misterio cómo llegó a interesarme el campo de estudio del mueble curvado. Siempre puede decirse que uno, un día vio una silla que le gustó y quiso indagar sobre su fabricante y empezó a estudiar el tema de tal fabricante y que de un fabricante pasó a otro y así sucesivamente. Puede ser. En mi manera de ser entonces -ahora no se si lo haría- lo quería abarcar todo: restauré algunos muebles, hice un curso de rejilla manual, coleccionaba piezas que adquiría en cualquier parte de Europa o recogía el «día de los trastos», compré poco a poco toda la bibliografía sobre el tema (leo francés, inglés e italiano y sé lo bastante de alemán para saber cuando lo tengo que traducir, aunque tengo que reconocer que con el checo no puedo -también tengo libros en checo-), estudiaba, publicaba catálogos y libros que auto-editaba, con mejor o peor fortuna y montaba exposiciones en las que yo era el comisario, el que transportaba los muebles y el autor del catálogo. Todavía hago las visitas guiadas cuando toca. Una locura en toda regla. No se si a esto se le puede llamar «hobby». Eso sí, hay que tener mucho tiempo.

Cómo llegué hasta Klimt fue casualidad y suerte. Atando cabos. En el mueble curvado vienés hay una empresa fundamental que se llamaba Jacob & Josef Kohn. He publicado dos libros sobre ella. Artistas y arquitectos vieneses como Gustav Siegel, Koloman Moser y Josef Hoffmann trabajaron para Kohn. Estos artistas eran de la Secession cuyo jefe era Gustav Klimt. Estaba el autor de estas líneas trabajando sobre una tienda de Kohn en París diseñada en el estilo Secession y en su interior había un friso muy llamativo que probablemente era obra de Koloman Moser. La primera parte de mi ensayo sobre Klimt trata implícitamente -y de un modo algo farragoso- este itinerario investigador. Estudias a Koloman Moser en torno a la fecha en que se hizo la tienda. Sale la influencia escocesa de los artistas de Glasgow en la Viena del 1900, especialmente en Moser: Charles Rennie Mackintosh y su mujer, Margaret MacDonald. Relaciones artísticas y sociales Escocia-Viena. Navegando por internet en páginas web de Glasgow para buscar algo que se pareciera al friso de la tienda de Kohn tuve la suerte de encontrar una ilustración parecida, alegórica de un beso, firmada por Charles Mackintosh, con una inscripción, a modo de emblema. La inscripción nos lleva a las metamorfosis de Ovidio: Apolo y Dafne, concretamente. Lectura de Ovidio, bibliografía sobre Apolo y Dafne en la historia del arte y en la literatura… y un día topas con el beso de Klimt y lo ves (y ya no puedes dejar de verlo): Apolo y Dafne están allí. Pura casualidad o suerte. Luego analizas «El beso» con los ojos de Ovidio, bibliografía sobre iconografía e iconología (la teoría formalista de la historia del arte no me sirve de nada). Panofsky, evidentemente. Libros y artículos sobre Klimt. El ensayo lo edité yo mismo: ¿qué editorial, en su sano juicio, publicaría un ensayo en español sobre una de las obras más conocidas y divulgadas de la historia del arte a un especialista en derecho? Ni hablar.

Envié el libro a Viena. No es científico, me dijeron, sin más, y pusieron el ensayo en un cajón si es que no lo tiraron a la basura. Tenían razón por partida triple, pensé yo: no es científico. Primero, no es una tesis validada por la academia sino un ensayo (en un ensayo tienes más libertad y puedes aventurarte, es algo subjetivo); no está escrito por un historiador del arte, ciertamente, pues no lo soy; y tercero… no está escrito en alemán. Es evidente que no. Sobre este último punto habría mucho que hablar. Explica Panofsky en su artículo sobre la historia del arte en los Estados Unidos que algunos consideraban en el siglo XIX y principios del XX que la historia del arte era una disciplina estrictamente alemana en su formación. Un buen análisis de «El beso» de Klimt tiene que estar escrito en buen alemán por un historiador del arte, y si puede ser austríaco y nacido en Viena, mejor.

En 2013 hice una comunicación -que está publicada y es accesible en internet- en un congreso internacional sobre Art nouveau en Barcelona a cuyos organizadores, el grupo GRACMON, estaré siempre agradecido. A medida que va pasando el tiempo vas afilando el análisis, de modo que en la comunicación escrita para este congreso hay más cosas que en el ensayo y me parece que es más incisivo que aquel en algunos aspectos. Una investigación no se termina nunca. Por aquel entonces se me ocurrió, un tanto ingenuamente, introducir en las entradas sobre el beso de Klimt en Wikipedia, en varios idiomas, una frase con lo esencial de la idea y un link a la comunicación mencionada. Desde entonces hay una cierta difusión viral de mi concepción del cuadro de Klimt -espero que sea correcta- y tiene bastante aceptación, al menos en el mundo de habla hispana, en internet. Con muchas reservas por parte de los historiadores del arte, lógicamente. Incluso hay un debate en algunos blogs sobre la vinculación del tema con la violencia de género, al relacionar el cuadro y a Klimt con la fábula de Apolo y Dafne (sobre este tema véase la entrada anterior de este blog). Pero la reacción más usual de la academia es la ignorancia, el silencio. Alguien – de fuera de la academia- ha llegado a decir que lo que significa el cuadro es un misterio y que «conviene que siga siendo así». Apología del oscurantismo. Alguien -un historiador del arte- ha dicho sin avergonzarse que las piernas de la mujer en «El beso» están mal hechas. ¿Cómo es posible? Todavía estoy esperando que se aleguen argumentos razonados en contra o una mejor interpretación iconográfica de la obra.

Hay otros factores: en Viena hay descendientes de Klimt, a todos les gusta imaginar que representan al mismo Klimt y Emilie Flöge (¡qué bonito!). Al ser un cuadro aparentemente abstracto «gusta a todo el mundo» y eso abre la vía a que «todo el mundo» se compre una camiseta, un póster, un jarrón o un reloj con la imagen, más o menos mutilada, del cuadro. También es posible participar en una «experiencia inmersiva» en Klimt en la que aparece el cuadro deconstruido. La explotación mercantil llega hasta la náusea y a nadie se le escapa que muchas parejas no querrían tener en la cabecera de su cama una reproducción de un cuadro con… Apolo y Dafne¡

Y algo más: en una entrada del blog en inglés de hace un par de años hago una interpretación más global de «El beso», en el contexto general de la Secession vienesa, su apreciación de la mitología y de la obra de Klimt y su círculo. En los escritos que he hecho hasta ahora: el ensayo de 2008, la comunicación del 2013 y la mencionada entrada en inglés del blog, vinculo inextricablemente el análisis iconográfico (significado convencional) -el beso de Apolo a Dafne- con lo que podríamos llamar, aspecto iconológico (significado intrínseco), según el cual, a mi modo de ver, se trataba también de un retrato velado de Charles Mackintosh y Margaret Macdonald. Inadmisible. Ahora me imagino a Gustav Klimt siendo perseguido por el Burgring por una legión -quince como mínimo- de damas de la alta sociedad vienesa a las que les ha hecho un retrato -Klimt no retrataba parejas- para que las pinte dándose un beso con su pareja. Los artistas de Glasgow eran extranjeros y la sociedad vienesa, ni la de entonces ni la de ahora, no podrá nunca aceptar esta interpretación, en caso de que fuera acertada. Evidentemente no hay «pruebas» que lo indiquen. Caso cerrado.

Personalmente, es decir, como «artista» en el sentido arriba señalado de Klimt de alguien que se recrea y disfruta de una obra de arte, «El beso», ahora que lo que significa, es mucho mejor que antes, me encanta verlo al lado del grupo de Bernini o leyendo el Soneto XIII de Garcilaso de la Vega. Klimt era un genio y un poeta mientras pintaba y es una pena que en Viena muchos todavía lo traten como a un idiota.

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